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20/09/2004
EL PLEBISCITO TAN TEMIDO
Por: Daniel Llano
 Plebiscito (sufragio, votación, referéndum, elección en su última acepción según la Real Academia Española de la Lengua) es una palabra que durante el tiempo de las dictaduras estuvo bien guardada, como las urnas. La democracia en acción, a través de la libre elección de los ciudadanos, era el cuco de los poderosos de turno. Es más, te exiliaban, te encarcelaban o te mataban si te atrevías a hablar de elegir. Uno no elegía: obedecía y basta.

 

El origen de ese temor estaba, claro, en que si el ciudadano tenía la oportunidad de elegir, no lo haría precisamente por quienes lo habían marginado, sojuzgado, endeudado y maltratado . Palabras elegantes tal vez para definir lo que sucedía, pero que -obviando la tortura y el fusilamiento como metodología- hermanan en el fondo a todas las actitudes autoritarias. Es una diferencia de grado, nomás, pero es resultado es el mismo: usted obedece y se calla.

 

¿Cuál es la función del plebiscito, llámese como se llame, en un espacio geográfico donde impera la democracia? La de decidir en tiempo real, no según el cronograma lerdo y caprichoso de las compulsas con fecha fija, cuál es el camino que elige mayoritariamente la comunidad para encauzar su destino. Conocido es por todos los argentinos el lento parto de los procesos electorales, cuando durante 20 largos años tuvimos que esperar dos años, o cuatro, para castigar conductas antipopulares y contrarias al interés nacional. ¿Cuántas veces no hubiéramos querido desenfundar el voto para voltear a algún bandolero sobre el pucho?

 

Esa larga experiencia, que hoy nos ha permitido llegar a la mayoría de edad como pueblo, está dejando sus frutos: lenta pero progresivamente, el pueblo va depurando  sus mecanismos para elegir quién debe administrar la cosa pública (la cosa de todos, no de unos pocos avivados). No es tarea de un día, ni se cambiará de moral como de camiseta, pero la esperanza es un bien que ha retornado a habitar en el espíritu cívico de la Nación.

 

Esta esperanza es la que molesta a los poderosos, porque ella demuestra que no son invencibles, que no son dueños de la pelota y de nuestros destinos. Que cuestionen de mil maneras -a cual más amañada y aparatosa- el proceso de recuperación de la soberanía popular, no nos debe extrañar. Pero tampoco preocupar demasiado: de última, su permanencia o continuidad depende de nosotros. Simplemente, demostrando que podemos plebiscitaros, moderarlos, corregirlos o directamente borrarlos del mapa político.

 

Un caso sintomático de este "timor plebiscitatus" (enfermedad que aqueja a quienes carecen de representatividad real) se está dando en Misiones. Un grupo de expresiones minoritarias (no recuerdo las cifras, pero creo que aún sumadas no superan a la novel renovación transversal que vivifica  la política provincial) intenta decirnos que el momento en que votamos, la plata que gastamos, en qué la gastamos y sobre todo en quienes la gastamos, es una potestad decisoria de ellos. Y en función de esta peregrina creencia, cuestionan todas y cada una de las decisiones del Ejecutivo, intentan frenar (sin conseguirlo) la marcha de una nueva economía y tratan de dejar sin financiamiento a un gobierno que se propone hacer las cosas con prolijidad (gastar siempre menos de los que entra, así de sencillo).

 

Esta actitud de cuestionamiento, ¿no es un llamado poderoso a que la ciudadanía defina quién tiene razón? El presidente Chávez de Venezuela no dudó, y llamó a un plebiscito. Aquí, mediante potestades constitucionales, se llamó a un plebiscito (elección o sufragio, como ya vimos) para el 30 de enero.

 

La política del gobierno está cuestionada. Hay sectores que dicen poseer representatividad para cuestionarla. Compoblanos de Misiones, hay un mecanismo sencillo para terminar con esta "vaina" (como dicen los venezolanos): vamos a votar y dejémonos de paparruchas. Nadie decide por nosotros.