25/08/2004
"Historia de la transversalidad"
Por: Daniel Llano
Si la historia fuese un continuo de tiempo sin variantes ni mudanzas, probablemente el hombre continuaría viviendo en las cavernas. Todas las actividades humanas, a diferencia de las animales (que demoran milenos en cambiar, por causas siempre externas), cambian por mudanzas internas al hombre. Esa es la condición sagrada y a la vez el castigo divino de la raza humana: la conciencia de que se puede cambiar, pero además la conciencia de que se es finito.
Precisamente la finitud o la muerte son las condiciones más resistidas. No sólo por los individuos, sino también por las instituciones, los partidos y hasta las religiones del mundo. Esa condición ineludible de mortalidad es la que lleva a los hombres a empecinarse, a resistirse a la muerte. Una actitud que es valedera en lo personal, pero que a veces se torna improductiva e improcedente, cuando se habla de las organizaciones que el hombre se ha brindado para organizar la convivencia.
Es en esos momentos cuando las instituciones envejecen y se esclerosan, pero cuando surge también otra de las condiciones naturales del ser humano: la renovación. Esa vieja lucha entre Eros y Thanatos (la vida y la muerte) de la que ya hablaban los antiguos filósofos griegos. El originario proceso de la marchitación y el reverdecer.
En nuestro país, una somera recorrida a la historia política (que de eso se trata el tema central de esta reflexión) nos permite coleccionar una serie muy fructífera de resistencias a la desaparición así como de esfuerzos en pos del cambio.
Sólo al observar el origen de los grandes movimientos de nuestro pasado tenemos una muestra clara de esta aseveración. Comencemos por la independencia del Río de la Plata, que por desgracia se había transformado en virreinato pocas décadas antes (por desgracia, ya que de no haber sido así, lo que se hubiera independizado hubiera sido el del Perú en su conjunto, quizás con una impronta de Patria Grande más marcada). Virreinato que se parceló del subcontinente precisamente por la presión de un sector separatista que pedía condiciones diferenciadas de la conducción de Lima, aspirando a competir con el poderoso Pacífico desde el lejano Atlántico Sur. Ese mismo grupo de presión fue el mentor posterior de la versión unitaria, aislacionista y autosuficiente de la Pampa húmeda, que dejó inerme a San Martín en su campaña libertadora, y que después pretendió sojuzgar u olvidar al resto del gran territorio rioplatense. Así se balcanizó la gran nación del sur, y una vez fragmentada en sus pedazos (Uruguay, Paraguay, parte de Chile y el Alto Perú que hoy es Bolivia) poco quedó por hacer en pos de la Patria Grande que abarcara desde Panamá hasta Tierra del Fuego. El abrazo de San Martín y Bolívar fue, así, más una despedida que un pacto de caballeros.
Un concepto cerrado, egoísta y falto de grandeza se posesionó de nuestras tierras desgajadas del destino sudamericano. La desorganización interna y la lucha fraticida fueron fogoneadas sin vacilación, en tanto sirvieran a esos designios.
Imperfecta, dubitativa y hasta brutalmente comenzó –sin embargo- a instalarse una visión transversal a estos intereses centrales. Las provincias, luego de las luchas intestinas por demarcar límites en un espacio casi vacío, comenzaron a saldar sus diferencias en pos de un destino común. Iniciaban el lento aprendizaje de que juntos somos más fuertes, y que el destino de la patria es el destino de cada una de sus partes en un proyecto común. Fue el primer caso de transversalidad activa en el joven país que se llamaría Argentina.
No fue casual que en la primera asamblea federal estuviera ausente el puerto, y que esta fracción recién se incluyera a la federación a partir del reconocimiento de un trato diferencial mediante el cobro de los impuestos aduaneros.
Pocas décadas después, la integridad argentina volvía a ser puesta en juego, cuando una clase poderosa que ya reconocía aliados porteños y provincianos, acentuaba la diferencia centro-periferia mediante la concentración en pocas manos de una fabulosa renta agraria, que permitió el país lujoso que hoy nos muestra sus vestigios a través de la opulencia arquitectónica de algunos barrios de Buenos Aires y de las ciudades más grandes del interior. El “pensamiento único” de la generación de 1880 comenzó a ser puesto en duda como ideología dominante. De los trabajadores urbanos, de los inmigrantes y de la población del interior que comenzaba a poblar las ciudades, surgió así un movimiento (no un partido) de alta transversalidad no sólo en sus principios y banderas, sino además en su composición social. Ese movimiento transversal, primero violentamente y luego haciendo valer el voto de las mayorías, se transformó luego en la Unión Cívica Radical. Sugestivo nombre que no hace más que denotar la transversalidad de la que venimos hablando. Unión, no partido, porque trascendía el formato anquilosado de las unidades políticas tradicionales, tanto de liberales como de conservadores. Cívica, porque trascendía también las capas sociales en un país donde hasta entonces sólo se podía hacer política si se tenía una cuenta en el banco. Y radical, huelga decirlo, porque se proponía una transformación de raíz de las condiciones de injusticia que regían el país.
Esta experiencia poderosa, con sus avances y sus contradicciones, fue cerrada violentamente en 1930 por el golpe de Uriburu que colocó nuevamente en el poder a un grupo centralista, autocrático, corrupto, y sobre todo sumamente unitario en su conceptualización de cómo gobernar al país. La llamada Década Infame -que tan bien describiera Discépolo en su tango “Cambalache”- se entronizó en el país.
A principios del 40, la Argentina real comenzaba a dar muestras de querer salirse una vez más del encorsetamiento autoritario que quería transformarla en un país territorialmente chico y para muy pocas personas. Una agitada época de movilizaciones y cambios abruptos de gobierno, demostraba que la presión desatada por los humildes, los trabajadores y las clases medias sojuzgadas resultaba ya incontenible para este tipo de gobiernos autoritarios. Una nueva transversalidad nacía, con un claro sentimiento de unidad nacional que quería expresarse en formas políticas de representatividad. Perón interpretó este sentimiento, y a pesar de ser la figura central de la política nacional a mediados de los 40, ofreció a Amadeo Sabatini -líder nacional de radicalismo- la presidencia de la Nación, reservándose la vicepresidencia. No se dio así, y el país asistió a una polarización que dejó de un lado a la nueva expresión movimientista (casi amorfa, sin nombre partidario definido) y por el otro a una denominada Unión Democrática que juntaba a radicales, comunistas, socialistas, conservadores y hasta la Embajada estadounidense. Ese desencuentro entre el surgimiento transversal de una demanda popular muy amplia y los partidos tradicionales no sería el primero ni el último.
El golpe del 55, que pusiera fin a una década de experiencias complejas del primer ejercicio real de poder por parte de las mayorías, permitió la supervivencia de esos partidos, pero no así de cualquier tipo de expresión (tanto violenta como pacífica) de transversalidad. Sobrevivían los “sellos” partidarios, pero no la movilización real, prohibida y vapuleada. La Argentina real, harta de tanto dirigismo y de tanto autoritarismo, explotó. Nunca hubo en el país una muestra más clara y contundente de transversalidad activa que los “azos” de fines de la década del 60. El “correntinazo”, el “cordobazo”, “rocazo”, “cuyanazo”, “viborazo”, etc. demostraban que ni los partidos tradicionales ni el poder asociado de militares y grupos económicos poderosos podía contener ya las demandas de un país sojuzgado.
Una nueva oportunidad se abría para que la transversalidad se expresara como gran movimiento nacional, superador de las diferencias parciales en pos de un modelo que incluyera los intereses de las grandes mayorías del país. Y nuevamente esa oportunidad se vería frustrada. Al ofrecimiento desechado de Perón a Balbín para conformar un gobierno de unidad, le siguió la debacle de las estructuras políticas tradicionales, cuyo fracaso, junto con la militarización del enfrentamiento, terminó dando excusas al poder más oscuro y concentrado para tomar nuevamente el poder y para intentar una verdadera “limpieza ideológica” que terminó en genocidio.
Esa derrota del campo popular, no por falta de convicción ni de participación sino por falta de representatividad y grandeza de sus conducciones, fue la impronta que moldeó el pensamiento político de estas dos últimas décadas. Se pasó de las grandes aspiraciones mayoritarias, a las desmedidas ambiciones de una minoría. Desaparecieron las expresiones movimientistas, las organizaciones populares no pudieron salir del raquitismo en la que las dejó el miedo, y los intentos por rescatar un “tercer movimiento histórico” quedaron limitados a la retórica y a los gestos ampulosos. En ese campo fértil, los grupos dominantes pudieron llevar a cabo lo que nunca antes había logrado: utilizar el sello de los grandes partidos nacionales para esconder la continuidad de sus políticas egoístas y antinacionales.
Durante 20 años, la política fue perdiendo así su condición sagrada de instrumento que los hombres (y las mujeres!) se han dado para organizar civilizadamente su convivencia. La “política” pasó así a transformarse en un bien mostrenco sobre el cual, como plaga de langostas, se lanzaron los oportunistas que -sin pretender cambiar nada- declaraban a quien quisiera escucharlos que ellos eran los salvadores de la patria. El “ser político” se transformó en sinónimo de cualquier cosa, en el mejor de los casos teñida de inoperancia, y en el peor de latrocinio.
Esta vez, la reacción transversal a las modas, las instituciones y los sellos que se niegan a morir, no se dio con violencia, a no ser la desmedida reacción del gobierno aliancista ante los cacerolazos de una ciudadanía harta de mentiras y de oídos sordos. Y esta reacción se dio en varios planos. En el plano de la ciudadanía, en primer lugar, que con su voto fue marcando primero el camino de la casi disolución de los viejos sellos partidarios, y después –con la misma herramienta poderosa e incontestable- comenzó a marcar nuevos rumbos que dejaron a más de uno tartamudeando en la banquina de la historia. Pero, por suerte, esta vez también el cambio se da en el plano de la política: no son todos, claro, hay más de un oportunista disfrazado que -gracias a la reconocida misericordia de las mayorías- puede aparentar ser hoy lo que antes no fue. Pero la historia avanza, y sobre todo si los demás sectores del poder también comienzan a comprender que se abre una nueva etapa. La conducción de las Fuerzas Armadas hoy, y la de las Iglesias antes, reconocieron esta nueva Argentina transversal que se manifiesta.
Por supuesto, hay sectores que no van a cambiar, y menos aún van a reconocer el poder de la transversalidad. Son aquellos que han medrado y lucrado con la Argentina desorganizada y sin Norte. Un país perturbado al que contribuyeron con la cuota mayor de responsabilidad, porque esa misma condición dislocada e indefensa era necesaria a sus objetivos de concentración y desnacionalización de las riquezas del país.
Vemos, de esta manera, que en la Argentina la historia de la transversalidad está directamente ligada a los desencuentros del pasado, pero también a la posibilidad futura de construir un país solidario. En casi 200 años de historia, San Nicolás de los Arroyos, el Frontón y la plaza del 17 de octubre se dan la mano en esta nueva esperanza que tal vez deje marcado el 25 de mayo del 2003 como una nueva proclama de todos los argentinos que quieren independencia, justicia y soberanía. |